>Una noche en la ópera o siendo Zelig otra vez.

Posted on 16 noviembre, 2006

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>Una noche en la ópera o siendo Zelig otra vez.

No, no. Este post nada tiene que ver con cine, ni con la película de los hermanos Marx, ni con la de Woody Allen. Aunque de ésta última tiene bastante sin querer. Simplemente ayer fui a UNA ópera. No a LA Ópera, puesto que aquí en esta ciudad no hay un teatro de ópera. Fui de lo más emocionada y helada, vestida para invierno europeo, abrigo, guantes y gorro. Qué me importa que me vean como bicho raro si el frío en esta ciudad últimamente es insufrible. De paso, noté que la gente no sabe vestirse par el frío y padecen de gana de escalofríos. Por qué insisten en ponerse ridículas chompas de fantasía que no calientan nada. O simplemente se ponen nada. El mismo saco de algodón de clima templado, o hasta la camisa o la camiseta tiritadora. Bueno, como sea, decidí que, luego de haberme congelado y entumecido frente a esta desabrida pantalla, sería infinitamente más productivo hacer lo mismo frente a Manuela y Bolívar, la pieza que fui a ver. El mismo acto (sentada frente a algo) de pronto dejó de ser una postura suspendida y se volvió una posibilidad cálida. Y a fin de cuentas podía ser un paliativo para mi déficit de calorías diarias.

Trole. Aplastada. No necesito decir más. Llegué. Ay bendito transporte urbano que le deja a uno en la puerta. No tengo entrada. Ya no hay entradas, se agotaron. ¡Wow! ¡Qué elegancia de la gente a mi alrededor! Burguesía rubia y blanca, de dónde salieron tantos. Y yo cabizbaja saliendo de la boletería, cuando llegan a mis ojos los infaltables revendedores y sí, muchas gracias, conseguí una ganga de lo más consecuente con mi estado de pobreza. Y en palco. Eso sí fue un golpe de suerte. Si es que la suerte tiene puños. Entonces me dispuse -yo y mi boleto que decía CORTESÍA $00- a hacer fila detrás de los pintones señores conspicuos y circunspectos, mientras la gente que no le teme al clima o simplemente ya compró los boletos y ni modo tenía que ir, iba llegando hasta formar una filota. Delante de mí iba una familia, clase media con leves pecas de media-alta, cuyos hijos se quejaban de tener que estar ahí. Pero era ineludible el compromiso familiar de desasnarse snobmente todos juntos. No pues, ninguno puede saber más que otro en una familia ejemplar. Así que nada de papá por tu culpa me voy a sacar cero en la prueba o en este instante estaría en el cumpleaños de la Pity, mierda… Je je. No puedo evitarlo… yo sólo escucho. Al llegar a la entrada, los pajes se mostraron molestos al ver la facha desarrapada del adolescente hijo, que llevaba un buzo con capucha y el pelo limpiamente largo. Yo atrás me preocupé pues no tenía conciencia de lo que llevaba puesto, y sentí que estaba vestida como cualquier gentecita. Pues no, no he estado ciertamente ataviada de esa manera. Señor, señor y yo estoy bien. Dije preocupada al rojo y enano paje. Indígena. No, no, señorita, usted está muy bien. Ahhh yaaaa… Y una larga y dentuda sonrisa se abrió paso en mi cara cortada. Cortada por el frío. Pero, siempre hay un pero. Quizás le caí mal o en realidad se tomaba muy en serio su trabajo, pero el otro paje, con un gesto déspota (este era más alto pero igual de indígena) me dijo: Sáquese el gorro, haga el favor. Y yo, con angustia vanidosa le respondí: No. No me haga esto ¿No ve que me despeino? Tras su mala cara que no vi para que no se me cortara la leche, entré airosa y soberbia creyéndome lo máximo por tener una entrada en palco, y estar sola y ser pobre y no parecerlo. Ja ja.

Ya adentro me miré en todo los espejos posibles para ver si en realidad tenía algún garbo camuflante. Y sí, me asomó una elegancia súbita que no sé de dónde me la saqué. Si yo tan solo había salido con mi abrigo de invierno. Adentro llevaba hasta un pantalón roto. Y no por moda sino por viejo.

Bueno, pasemos al condumio, ya que creo que me he detenido demasiado en nimiedades. Qué le voy a hacer si esas pequeñeces me atraen cual mi perro al chocolate. Como buena despistada, me equivoqué y estuve veinte minutos sentada en un puesto erróneo, en palco ajeno, con número y piso equivocado. Lo bueno fue que yo solita reparé en mi error y lo corregí antes de que empiece. No se si por honesta o porque nadie me venga ha decir: Oiga, quítese que éste es mi puesto. Tres campanadas y el escalofrío de la intemperie seguía conmigo. Y me duró casi todo la obra. Lo que me pasó a continuación es un extraño caso de patriotismo inusitado con romantiquería sublime, mezclado con unas insólitas gotas de mimesis del contiguo, y adoración absoluta al arte. A penas empezó la obra, en la primera nota sostenida de Manuela, me visitó el conocido y manoseado nudo en la garganta. No puede ser, me dije a mí misma, me voy a convertir en el cliché de la sensible que llora en la ópera. Y aunque me obligaba a tragar saliva y respirar hondo, el nudo necio no se iba. Y luego mis ojos empujados al parpadeo superlativo, decidieron revelarse y soltaron gotitas que se tragaron ellos mismos, gracias a mi sequedad ocular. Una lubricación incidental, no está mal, pensé. Pero a medida que Manuela y su sirvienta Jonatáaaaaas se respondían en mutuas argumentaciones contrarias, Sucre comandaba la gesta patriótica del 24 de mayo de 1822, y Manuela lanzaba una corona de flores al triunfante Bolívar, yo seguía sostenida de mi cuerpo rígido para no desparramarme en suspiros entrecortados por lágrimas cursis.

Mis pocas experiencias anteriores con la ópera y sus derivados, no se comparan a lo vivido esta vez. Para mí fue algo inexplicable, pero mientras lo sentía, el eco de mi alma me iba respondiendo algunas cosas. Uno: Yo amo el canto lírico y cuando lo escucho, soy generalmente una víscera aún caliente y sangrante. Un hígado sano listo para transplante. Gran razón para ese movimiento tan fragoso en mi interior, pero no la única. Dos: Es -y me atrevería a decirlo- la primera ópera contemporánea ecuatoriana estrenada en nuestras tierras. Primer, pero no único patriotismo. Tres: Debo confesarlo, la cívica y pasional historia de amor entre Manuela y Bolívar, siempre me ha conmovido. Sobretodo ese personaje universal y compendiador que es Bolívar. Universal por ser todos los hombres en uno. Nostalgia de tiempos pasados, cuando podían existir esos extraordinarios hombres megalómanos que siendo militares y grandes estrategas de guerra, eran seres altamente formados en letras, filosofía, historia, humanidades, ciencias, etc. Eruditos. Y como si fuera poco, no mantenían esa pose de estoicos héroes. Bolívar era jaranero, juerguista, le encantaba el baile y las mujeres por supuesto. Y era enano, negro y feo. Increíble. El caso de Manuela es otro, bueno, sí definitivamente era una tipa adelantada a su época y todo lo que quieran, pero sus motivaciones eran las de toda mujer: El amor, o mejor dicho, la pasión… por un hombre. Sí, sí, somos capaces de batirnos en batallas cual machos y mucho más. Lo somos. Aunque seamos mal pagadas y terminemos en una choza vendiendo cigarros y muriendo de peste. Incinerada.

Sin embargo hago una apología, la misma que hizo Manuela. Existe un tipo de Don Juan del que no hablé en mi post anterior. El Don Juan genial, ese hombre brillante e insigne, a quien se le podría perdonar todo. El ser aquel que es demasiado para una sola mujer. Pero no se adelanten chicos, que esos seres míticos ya no existen en nuestros días. Murieron poco después de la revolución industrial y el siglo XIX. Ay perfecto decimonónico Bolívar, enfermo de patria y tuberculosis. ¿Cómo más iba a morir el héroe sino de tos terminal? Ahora sí vuelvo a mi conteo. Tres: Al mirar con la piel eso que mis ojos volvían vidrio, me dije: Esto es lo que quiero en la vida. El arte. El arte, gracias Dios. No existe maravilla más inútil, sirve tan sólo para esto, para ponerme en este estado borderline de apetitos y afanes punzantes. Hondos. De felicidad absoluta. Y de repente tenía ganas de reír y gritar que amo el arte, y que eso es lo que quiero hacer por el resto de mi vida. Soy una dramática, drama que se salva de ser entonado, como lo es la ópera. Así soy. Cuatro: Lo épico me movió definitivamente, no sé si por la articulación de la puesta en escena, la composición musical en ritmo de marcha que trepida dentro del corazón o simplemente me salió el espíritu patriótico anti ejército realista. Disfruté infinidad de las escenas de luchas armadas, soldados rojo azul con mosquetes hiriendo a matar, muriendo en cargamontón. Gritos de victoria sobre charcos de sangre. A lo Wilde.

El punto cinco lo voy a poner en un nuevo párrafo para no hacer tediosa la lectura. Cinco: Pese a amar el canto lírico y la ópera, no soy una conocedora formalista de la misma, soy, simplemente una tripa estremeciéndose con las notas sostenidas y la tesitura soprano/ tenor, contralto/barítono. Mis óperas favoritas son la Traviatta y Aída de Verdi. En Roma pude ver la primera, basada en la obra de Dumas hijo, La dama de las Camelias. Drama trágico para llorar, pero en esa ocasión, pese a que tenía nudo, no fue suficiente para soltar el lagrimón. Con la Traviatta tengo una historia de tripas imberbes. Desde los dos años yo ponía discos en el tocadiscos Phillips de mis padres, y uno de los que más me llamaba la atención –y lo recuerdo como si fuera ayer, extrañamente en mí- era el álbum grueso de la Traviatta, pasta dura, con algo así como cuatro o cinco discos en su interior. Tenía fotografías de cantantes de ópera pintados cual payasos tenues. Recuerdo claramente la exigua cara payasesca de una mujer que con la boca abierta y los músculos carrizos tensos, juntaba el seño en un gesto de estertor mortuorio. Una dama agónica que me atraía hasta el cansancio. Estaba hipnotizada por estos discos y su gráfica. Haciendo un forward temporal, las siguientes aproximaciones a la ópera que tuve, fueron una adaptación contemporánea y localista de la ópera de Strauss, El Murciélago. De lo que recuerdo, estuvo divertida pero no me arrancó nada. Por esos mismos años, asistí, guardando las distancias, a la Ópera Rock Con tinta sangre del corazón del dramaturgo ecuatoriano Peky Andino. Fue bastante divertida y emotiva por la presencia de mis amados Sal y Mileto, quienes por cierto, se van a volver a juntar, sin el vocalista original claro (murió de sobredosis como todo buen rockstar). Luego aludiendo a mi espíritu nerd, durante algunos años vi ópera por tv, aunque confieso que ese formato no le favorecía mucho y a veces me aburría. Vi también Carmen de Bizet en el cine, una película formato ópera en escenarios naturales, con el Plácido Domingo. Es grande esa obra, pero quisiera verla en vivo. Luego he visto cosas menores como operetas y zarzuelas cuyos nombres ya he olvidado. Y por último he ido a varios conciertos de cámara o de orquesta, con cantantes líricos. Sin olvidar mis pocos CD’s de ópera y los especiales que han puesto en la Radio Visión, en el programa Momentos Musicales. Bueno, luego de hacer un compendio de mi experiencia operística simplona, debo decir que nunca jamás sentí lo que ésta vez.

Ahora, otro punto que merece punto a parte y nada de numeración es mi criterio personal, que a la final no creo que lo sea tanto. De artes escénicas sé muy poco, soy sólo un espectador, pero la puesta en escena de esta obra me pareció excelente y bastante acertada. Una escenografía que se batía exitosamente entre el neo expresionismo y el minimalismo geométrico y anguloso. Una dirección de arte que combinó esos elementos perfectamente con el aire rococó, romanticismo francés y neoclásico de la época. Sin duda, el elemento contemporáneo multimedial plausible y perfectamente acoplado, fue la inserción de una pantalla donde se proyectaba video con imágenes épicas o referenciales de algunos episodios. Fue muy acertado el manejo de este recurso y sobretodo la tramoya, que actualmente es electrónica. Creo igualmente que la dirección actoral estuvo por buen camino, sobretodo en las escenas con colectivos, las de las batallas por ejemplo tuvieron una sutileza coreográfica que me agradó. Por otro lado, la música a mi parecer, fue una exquisitez. Una grande mixtura de composición clásica orquestal con música contemporánea y música popular y tradicional de la región. Así, en medio del Vals de celebración de la victoria, Manuela y Bolívar bailan un valsecito peruano orquestal, una cueca, y hasta se siente por ahí el aire de pasillo. Las marchas épicas son de una fuerza dramática que difícilmente pasan desapercibidas. Lo marcial y patriótico, junto con el drama romántico de la obra se logran fusionar exitosamente gracias al talento y la precisión proporcionados por el director de la Sinfónica Nacional, Álvaro Manzano (director musical), Javier Andrade (Director puesta en escena), María Elena Mexía (Escenografía y vestuario) y un gigantesco equipo técnico y artístico que participa en esta obra original del músico ecuatoriano Diego Luzuriaga.

Sonó a lo que es. Para mí. Bueno, como siempre, volviendo al origen de este post. Como esta es una ópera de dos actos, en el receso me fui a pasear mi humanidad entre desconocidos, y me encontré con un único conocido. Precisamente el Peky Andino del que hablé más arriba, quien al verme me preguntó: ¿Con quién viniste? ¿Es que acaso uno no puede ser sólo uno? Sola. Ah… me imagino habrá dicho, pobrecita solita. En fin, luego de mi atrevida pregunta de pobre ¿Cuánto cuesta? Regresé a mi puesto sin haber podido comprar el epistolario de Manuela y Bolívar. Lo quería, sí, pero tuve que regresar a mi puesto con las manos vacías. Apenas me senté, aquel viejito solitario igual que yo, quiso iniciar conmigo una conversación con la irremediable primera pregunta: ¿Usted es de aquí? ¿De dónde es? De aquí, bla bla bla. Después de sortear mi cara de ajena venida de un país ficticio, no tuve más remedio que responder a su siguiente inquietud. Dígame usted, que la ha parecido la obra. Bueno yooooo….. Y zaz, en ese momento me sentí más extranjera que nunca, frente a ese hombre anciano, a quién no tenia la más mínima idea de cómo tratar. Será un tipo letrado y culto, será un simple ciudadano promedio, será un ignorantón, será, será…. Y así me sentí absurda soltando palabras que trataban de combinar todas las posibilidades y a la final me salió un discurso Frankenstein falseta e impostado. Discurso que fue desbaratado y sobrecogido con la reveladora contra respuesta: ¿Quiere que le diga qué sentí yo? Sí, dígame. Yo desde que inició la obra, no pude dejar de sentir un nudo en la garganta… Mis ojos se llenaron de lágrimas….

Y así Zelig me visitó, una vez más. Gracias señores.

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